Afirmaba Goya en uno de sus grabados que ‘El sueño de la razón produce monstruos’. Cómo interpretar su Capricho depende de cada uno, pero para el que esto escribe, esa ‘razón’ a la que alude el genio maño no es otra que nuestra obsesión animal por el control total. Nuestra necesidad –o necedad si nos ponemos exquisitos- de creer que podemos someter a nuestra voluntad a todo lo que nos rodea sin importar las consecuencias. Nuestro empeño en ser dueños de nuestras vidas. Nuestro terror ancestral al caos.

 

Pero no aprendemos, y como Prometeo intentando robar el fuego a los Dioses, seguimos sufriendo hasta la eternidad por culpa de ese desorden natural que, sin importar cuánto intentemos contenerlo, siempre castiga nuestra prepotencia colándose como agua a través de una imperceptible grieta en una presa hasta romper su muro y desbordarnos. Nosotros somos esa grieta.

 

De esto trata ‘Kaos’, de abrazar ese estado primigenio del cosmos infinito que existía antes de que los dioses y las fuerzas elementales conjugaran para ponernos en nuestro lugar. De entender que la vida no tiene forma fija ni durable, sino que solo es una lucha entre elementos antagónicos que avanza según cuál de ellos gane. De darnos el gustazo de no ser responsables de nuestros actos.

 

Que sí, que la ciencia ha sido capaz de explicar el desorden universal con una teoría del caos que se resume en el batir de alas de una mariposa que provoca huracanes, pero antes de que la razón –otra vez, maldita- hiciera desaparecer la magia, hubo un tiempo en el que su lugar lo ocupó una mitología que explicaba lo mismo con personajes que no por ser mentira son hoy menos reales.

 

¿Qué prefieres, vivir en un mundo en el que un insecto al otro lado del mundo es el culpable de ese viento que te despeina, o echar la culpa a un fornido Dios llamado Eolo, hijo de Poseidón y Arne, que te sopla porque se cabrea? Ambas opciones tienen su poesía, no lo vamos a negar, pero la estética no es la misma. Y contra la belleza, reconozcámoslo, no hay razón que valga.